Inside Inter con Oriana Ortiz

La historia de Oriana: desde Penonomé a la LFF, con guantes, sueños y una mochila llena de sacrificios.


A los 8 años, Oriana descubrió que no quería patear el balón… quería lanzarse por él. Desde sus primeros entrenamientos en Colombia hasta las noches solitarias de viaje entre Penonomé y la ciudad, su camino como portera ha sido todo menos fácil. Pero también ha sido todo corazón.

“Mi papá siempre nos metía en deportes. A veces jugábamos en el parque, en familia. Recuerdo que me gustaba tirarme más que patear”, cuenta. Así empezó todo. En una academia en Tuluá, Colombia, aprendió los fundamentos básicos del arco. Dos veces por semana, durante dos meses, descubrió lo que la haría feliz.

Al regresar a Panamá, no fue fácil encontrar dónde jugar. No había academias femeninas en Aguadulce ni en Penonomé, así que entrenó con niños. “Eso me hizo más fuerte”, dice. Su crecimiento fue autodidacta, buscando entrenamientos en vacaciones y absorbiendo todo lo que podía de diferentes entrenadores.

Hoy, con solo 15 años, su rutina está lejos de ser la de una adolescente común:

“El viaje puede ser de 10 a 12 horas por un solo entrenamiento. A veces voy sola en bus, me recoge un Uber en Albrook, entreno tres horas… y vuelvo con mi papá que sale desde Aguadulce a buscarme. He almorzado en el bus. Me he dormido estudiando. Todo vale la pena.”

No lo dice con queja, sino con convicción. El esfuerzo tiene sentido cuando se hace por un sueño. Recibe el apoyo al 100% de su escuela gracias a su buen rendimiento académico.

Desde que se unió a Inter, su rutina cambió. “Empecé a organizar mejor mis horarios, cuidar mi descanso, usar vacaciones para entrenar. Cambié fines de semana con mi familia por partidos en la ciudad. Todo por una meta.”

El mensaje que cruzó pantallas

Un día, escribió al Instagram de Inter. No pedía nada extraordinario. Solo un suéter para poder ir a ver al equipo en Penonomé. “No quería ir vestida sin el color del club. Y como no tenía contactos, fue lo único que se me ocurrió. Yo solo quería apoyar.”

Ese mensaje no fue un capricho. Fue el primer paso de alguien que quería pertenecer. Y lo logró.

En enero, después de algunas visorias, recibió la llamada que le cambió el año: Inter la invitaba a sumarse. Aunque todo parecía imposible por el costo y la distancia, aceptó. “No fue solo un equipo, fue una apuesta por un proyecto. Aquí no vine por un torneo, vine por una carrera. Inter me hace sentir parte de algo más grande.”

El rol de la familia

Detrás de cada viaje, entrenamiento y partido, hay una familia que ha hecho de su sueño una causa compartida. Oriana no habla de sacrificios sin mencionar a su papá, quien cruza el país para buscarla tras los entrenamientos; a su mamá, que le prepara batidos antes de los partidos; o a sus abuelos, que llegaron del aeropuerto directo a una cancha solo para verla jugar con Inter.

“Mi papá tiene una forma muy suya de celebrar: cuando atajo bien, grita como si fuera una película de artes marciales… y aunque no lo mire, lo escucho, y sé que está orgulloso”, dice sonriendo.

Esa presencia incondicional, ese esfuerzo silencioso, ha sido su motor. “Estoy agradecida porque sé que han dejado de hacer muchas cosas por mí. Eso me impulsa a no rendirme, a seguir luchando para que todo esto tenga sentido.”

Mis inicios en INTER

Antes de ponerse los guantes celestes, Ori ya soñaba con Inter desde la distancia. “Siempre veíamos al club por redes y me llamaba la atención todo: las categorías, las canchas, los torneos cada fin de semana… se sentía como un lugar donde quería estar”, recuerda.

En 2024, durante el Torneo Atevo Cup Clausura U16, enfrentó por primera vez a Inter como rival. Jugaba como titular en un equipo femenino por primera vez y esa final, aunque la perdió, le dejó algo claro: “me gustó mucho su juego y su estilo. Quería estar del otro lado”.

En diciembre, le pidió a su papá que tocaran puertas, aunque sabían que sería muy difícil. El 18 de enero llegó un mensaje por Instagram: querían invitarla a visorias. En dos días ya recibía comentarios positivos y al tercero, una reunión con la directiva. “No sabíamos si se iba a lograr. Pero Dios me escuchó”.

Nueve meses después, sigue convencida de que no era solo una propuesta deportiva, sino un proyecto real: “Inter me hace soñar con ser profesional. No estoy aquí solo para jugar un torneo. Estoy para crecer, en Panamá y fuera de Panamá”.

El debut que no esperaba (pero sí soñaba)

“Me dijeron: ‘Ori, calienta que vas a entrar’. Yo no lo creía. Me puse los guantes y solo pensaba en mi papá. Iba a debutar en Primera.”

Ese día estaba resfriada, pero eso no sería un impedimento. “Veía que estaba llegando a la barra de inter y para hacer un partido no en casa pues había bastantes apoyando y eso bueno también me motiva”. Su papá desde las gradas con su código de comunicación Padre e Hija (un grito de artes marciales) corto pero potente le hacía sentir una vez más que estaban juntos en esto.

Cuando le dicen que caliente su cabeza solo decía: “comoooo quéeee comooo en seriooo guauuu. Todo fue rápido no estaba segura que hablaban conmigo” Jugaría un tiempo completo, 45 min. Se cumpliría uno de sus sueños y a parte en televisión nacional.

Entró en la segunda parte de un partido que terminó 2-2. Recibió un gol. Y, aunque dolió, también aprendió. “Fue un error mío, y claro que duele… pero si estoy aquí, no es por suerte. Es por trabajo. Y voy a seguir trabajando.”

Sus compañeras la alentaron. El equipo la abrazó. Y entendió, por primera vez, lo que significa pertenecer a una familia futbolera.

Más allá de los goles

El fútbol le ha dado muchas cosas. Amistades, confianza, disciplina, oportunidades. Aprendió a hablar más, a organizar su vida académica, a negociar con profesores cuando pierde clases por viajes. “He tenido que dejar salidas, vida social, descansar menos… pero todo tiene un propósito.”

Hoy su sueño está claro:

  • Tener minutos en LFF.

  • Vivir en la ciudad y entrenar 5 días a la semana.

  • Obtener una beca deportiva.

  • Ser portera profesional en Panamá o Colombia.

  • Y ser referente para las niñas que vienen detrás.

Lo dice con firmeza. Lo dice con certeza. Como alguien que ha vivido cada kilómetro de su camino.

“A la Orianna de hace dos años le diría: gracias por ser tan fuerte y nunca rendirte. Por levantarte cada vez que te caíste. Gracias por atreverte a la cosas que te asustaban. Hoy estamos en un gran equipo. Y esto apenas comienza.”

by Verónica Rodríguez

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